Pilar lloró esa noche, otra de tantas... No lograba, ni pretendía, acabar con esa gran dependencia amorosa clavada en sus entrañas y que tantas vece advirtiera su conciencia introspectiva. ¡Qué dolor inmenso provocaba el paso del tiempo, la llegada ineludible del mañana, que ya era hoy. Con frecuencia creía que no quedaba nada, al menos tan hermoso. Y una losa aplanaba su pecho roto sumiéndola en la necesidad de la aceptación.
Pilar buscó comprensión en un intento inútil de asimilación pero no halló ni esperanza acabando con un regocijo ante la adversidad propio de su vivida adolescencia remota.
No hay comentarios:
Publicar un comentario